Siendo yo muy pequeña mis papás murieron, y quedé absolutamente sola. Nadie se preocupó entonces, de buscar a una de mis abuelas que debía vivir por tierras del Norte. Era lo normal, éramos muy pobres, y sólo gracias a la generosidad de una señora de la que prácticamente me queda un sólo recuerdo, se evitó mi abandono en cualquier hospicio. Recuerdo el aroma de esa mujer. Un aroma de polvos antiguos y dulces que se ponía en el escote para disimular la falta de agua en su cuerpo; pero me gustaba. Yo debía tener unos cuatro años. Y como también para esa familia la situación era de extrema pobreza, en cuanto se les presentó la ocasión me buscaron un hogar para trabajar.
A veces venían a visitarme, pero estos momentos, los únicos felices para mí, se fueron espaciando por las sucesivas quejas de mi nueva "dueña". Decía que nada bueno me podría suceder si seguía codeándome con esa clase de gente. Pero en el fondo, pienso que era la demostración de celos más terribles que padecí nunca; La envidia. Era una mujer absolutamente sola en la vida. No soportaba que nadie tuviera familia, amigos o alguien con quien compartir momentos felices. Y así, poco a poco, me fué encarcelando en aquella mansión de piedra.
Una señora gorda y malhumorada que me ordenaba desde el alba hasta la noche lo que debía hacer, cómo y cuándo. Sin ninguna paciencia ni consideración para mi corta edad. Me levantaba dando gritos, y me insultaba diciéndome que era una haragana. Debía entonces apresurarme y reavivar el fuego para preparar su opulento desayuno. Después venía una interminable lista diaria y monótona. Fregar suelos, arreglar las habitaciones, limpiar la plata, coser sus vestidos, lavar sábanas con agua helada, y un sinfín de tareas que a veces, podrían considerarse innecesarias. Pero ella se quejaba constantemente de que mantenerme no sería por caridad, sino que tenía que ganarme mis escasas y pobres comidas y aquel sucio y maloliente jergón de paja al que ella llamaba cama.
El señor era refinado y cursi. Él se hacía llamar intelectual, y se pasaba el día fuera de casa, y alguna que otra noche, visitando a sus amigos escritores, pintores y estudiosos que no hacían más que llenarle la cabeza de viejes prodigiosos y experiencias maravillosas. Una pareja fuera de lo común.
Y así, fué transcurriendo mi infancia y mi adolescencia, encerrada entre tapices y cortinas de Damasco.
Pero undía todo cambió; No sé qué ocurrió pero un frío día de Noviembre, al primer grito del alba, preparé en silencio su desayuno y le solté un "Que pase usted un buen día señora". Y salí por la puerta con lo que llevaba puesto y algunas monedas que a lo largo de mi vida, había conseguido reunir. No era mucho, créeme, pero así fue como ocurrió. Porbablementes si lo hubiera pensado, hoy seguiría allí.
Pasaron muchos meses hasta que pude nuevamente encontrar un nuevo trabajo de sirvienta. Pasé mucha hambre en ese recorrido pero finalmente, Dios decidió apiadarse de mí y fui a caer en una casa de la que nunca salí. Te escribo desde mi luminosa habitación, con una maravillosa vista al río.
No eran buenos timepos cuando yo vivía en aquella casa. La sociedad se convulsionaba. Mis señores eran muy conocidos en la ciudad por su educación casi de nobles, y por sus prósperos negocios. Una bellísima casa cerca de un ancho río de color pardo.
Un matrimonio que se adoraba, y una preciosa hija rubia de ojos castaños que los colmaba de felicidad. Mi trabajo, consistió en organizar las labores del hogar y en hacerme cargo de las necesidades de la pequeña. Era mucha la responsabilidad que se me encomendó pero mis manos se fueron recuperando de toda una vida de sacrificio.
Al principio fué muy duro, yo no sabía exactamente cómo se organizaba un trabajo así. Entre los demás que trabajaban desde hacía años con los señores, se despertaron los celos, creyéndose muchos de ellos más capacitados que yo para desempeñar esa labor. Pero poco a poco, fuí trabajando con ellos y la situación se suavizó. Y mi rostros se alivió y mi cuerpo se distendió.
La única hija, era mi perdición. Llegamos a ser cómplices, y amigas, ya en su pubertad. Yo me iba haciendo vieja, pero era feliz. Nunca sentí la necesidad de encontrar a alguien para crear mi propia familia, algo que puede no ser lo habitual en una mujer. Salud, que así se llamaba la niña, colmaba todos mis instintos maternales, si tenemos en cuenta que pasaba más tiempo conmigo que con su propia madre. De ella surgió la idea de convencer a su madre, para que ésta a su vez, hablara con el señor para proporcionarme una educación mínima, a la par que ella la recibía. No fue poco el esfuerzo que hizo, y fue así, como a mis veintisiete años, cogí por primera vez una pluma y comencé mi aprendizaje. Todo era difícil y a la vez maravilloso. Mis ansias por aprender se incrementaban cada vez que superaba una nueva lección.
Llegaron lso dieciséis tiernos años de Salud, cuando conoció a través de una reunión en su casa a Pelayo. Fué un amor a primera vista, y yo, la testigo principal. Testigo y cómplice. Intervine ante la señora, con el consecuente riesgo de ser despedida por tal osadía, pero había aprendido diplomacia y buenos modales, de modo que todo fue relativamente fácil, gracias también, al empeño de esa madre por complacer a su hijita. Como todo lo que se resolvía en la casa, fue ella la que habló con su esposo y finalmente el compromiso fue aceptado por ambas familias. Mi niña, radiaba felicidad. Sus ojos almendrados soñaban el futuro, y vertieron lágrimas de miel, cuando Pelayo le anunció que debía de hacer su propia fortuna y se embarcaría en una de esas naves que por la época viajaban al Nuevo Mundo.
No le gustó mucho la idea a Salud. Pero casi era una mujer, juiciosa y responsable así que aceptó la marcha de su amado con la esperanza de que su ausencia no fuera demasiado larga. Poco después comenzó a soñar con su boda y apresuró todos los preparativos, para que todo estuviera listo en el momento del reencuentro.
Creo que el día más feliz que la ví, fue aquel día en que llegó una carta de Pelayo. Una extensa carta en la que le hablaba de aquellas tierras húmedas y calurosas en donde había pájaros con plumajes de colores imposibles, mosquitos del tamaño de un dedo, y de otras especies animales y florales, que hasta ahora, nunca nadie había visto. Le hablaba también de sus habitantes. Los llamban indios. Eran de piel oscura y sus ojos y cabelleras negras como el azabache. Se engalanaban con plumas, huesos y caracolas marinas; Iban prácticamente desnudos en esas selvas perdidas de aquel lugar tan misterioso, tan bello y a la vez, tan terrorífico.
Salud, respondió a la misiva, llena de entusiasmo. Deseaba conocer todos los detalles del viaje, le decía que cuando estuvieran casados, le gustaría ir a visitar todos aquellos lugares...Toda su carta era ilusión. Vida y frescura. Insistió en acompañarme al puerto para el envío, un lugar muy poco apropiado para una señorita de su clase, y tuvo que morderse los labios y agachar la cabeza, ante las provocaciones de algunos marineros que llevaban meses sin pisar tierra, sin ver una mujer, y que ahora agotaban sus escasas fuerzas y su gran fortuna, entre vasos de vino y sucias meretrices. Hombres sucios, heridos y enfermos. Esto hizo encogérsele el alma, y pensó en Pelayo. Me transmitió sus miedos y tuve que hacer un verdadero esfuerzo para que ella no creyera que él regresaría así. "No, no será así como regrese, mi reina". Nunca hubiera imaginado lo agorera que fuí aquella tibia tarde de abril, mientras respirábamos los aromas de los naranjos en flor.
Fueron pasando los meses y mi niña, estaba cada vez más tranquila ante la seguridad que le ofrecían la boda y la vida en común con su amado aventurero. Ya lo tenía todo casi listo; Mantelerías y sábanas bordadas por las manos más delicadas de la ciudad. Vestidos y tocados nuevos que luciría orgullosa del brazo de su esposo. Cortinas confeccionadas con sedas de Oriente, a la espera de proteger su alcoba de los incómodos rayos de sol en los amaneceres...Incluso tenía todo lo necesario para la confección de su traje de novia.
Nueve meses pasaron hasta la segunda carta de Pelayo. La joven novia, estaba emocionada. Me pidió un poco de leche tibia con miel; quería sentarse al lado del fuego y recrearse en las palabras escritas en aquel extraño papel con tinta negra...Se retrasaba en la apertura del rollo, anudado con una delicada cinta de seda roja. Cuando todo estuvo listo, me dispuse a abandonar la habitación, pero ella me pidió que me quedara y así lo hice.
Yo observaba su rostro sonrosado, casi ruborizado por la emoción, y pude comprobar cómo poco a poco la palidez se hacía con sus mejillas, finas gotas de frío sudor cubrían su blanca frente, y sus ojos se fueron secando en unos instantes. Sus manos temblorosas se desplomaron sobre su regazo, y su mirada quedó helada, mirando al fuego. La niña de mis ojos, murió delante de mí.
Me acerqué apresuradamente y asustada. Leí la carta a borbotones, buscando ansiosamente las palabras que habían vaciado a aquella criatura de su alma...
"Después de varios días de sufrir unas extrañas fiebres, y entre convulsiones, D. Pelayo falleció pronunciando su nombre..."
El horror se apoderó de aquella casa. Nada era igual. Como fantasmas todos deambulaban sin hallar remedio para consolar a Salud. Médicos de todo el país, curanderos y hechiceras de todos los lugares desfilaron por aquella triste morada. Sólo a mí me miraba cuando le hablaba, pero nunca estuve segura de si realmente escuchaba lo que yo le decía.
Pasó un año, el más largo de mi vida...Salud se marchitaba, su cuerpo quedó reducido a huesos y pellejos, y cada día pasaba más horas hundida en la cama. No volvió a pronunciar una sola palabra desde aquel día de Enero.
Un día de Febrero, me levanté como de costumbre, al amanecer, para reavivar las chimeneas y preparar el desayuno de los señores y de su fantasmagórica hija. A esas alturas, era la única tarea que yo hacía con mis propias manos. Los últimos sucesos terminaron de envejecerme por completo...
Al llamar a la habitación de Salud, no obtuve respuesta alguna. Insistí y esta vez, llamé con fuerza: nada. Despacito y llamándola por su nombre entré en aquella sala oscura. Con espanto descubrí que la cama estaba vacía. ¿Dónde estarás niña de mi alma? Me apresuré a informar a los señores y en unos minutos, la casa era un hervidero de personas nerviosas llamando, buscando, gritando su nombre...Nada
"El puerto" dije asustada a los señores. "¿El puerto?" "Sí, está en el puerto" respondí sin temor a equivocarme.
"¿Y cómo es eso vieja sabihonda?" me gritó el señor. No tuve en cuenta sus palabras. Era la primera vez en todos esos años que recibía un insulto. Mi señor era la personificación del horror. Su estado era el de un loco desesperado. La señora, con un rictus espantoso, me dijo "Iremos al puerto" "¡Estás loca mujer!" dijo su esposo presa del pánico. Pero ella le tomó la mano, acarició su mejilla, y ambos, salieron por la puerta con un aplomo que nunca mas volví a ver en ningún ser humano.
Y así fue como la tétrica procesión llegó al puerto, buscando, preguntando, hasta que un viejo borracho empezó a decir: "Sí, la niña...la niña bonita. Qué cabello rubio de ángel, qué ojos de muerte que me atravesaron como un arpón. Miedo, muerte lleva el fantasma...Allí, allí, al lado de la gran nave...preguntas...sí; ella preguntó. La más grande, quería saber...esa quería...la grande...¡Infierno! que me lleve el diablo si no lo hizo. Bella...bella la niña..."
Allí dejamos al viejo marinero, con sus disertaciones, con el alma encogida, no queriendo aceptar lo que acababa de decirnos. Una esperanza de que fuera el vino el causante de esos disparates. Pero lo que vimos nos paralizó: La capa blanca que la protegió del frío de la noche, estaba en el suelo, formando una figura aterradora. Sus zapatos, cuidadosamente colocados al lado del tocado de su larga cabellera. Y mientras mirábamos sin poder articular palabra, un escalofrío de espanto se apoderó de nosotros hasta helarnos la sangre, hasta congelar nuestro corazón.
Como una espectral imagen, fuimos vislumbrando poco a poco a través del filtro negro de las aguas marinas, una larga cabellera rubia que asomaba perficie, derrotando a la vida...